Amargord Ediciones

DISTURBIO EN EL FRAGMENTO 119 DE HERÁCLITO, Carlos Ordóñez

disturbio

El comienzo de todo son las ruinas y su certeza de siglos, los escombros valiosos que otros dejaron a quien sepa asistir a cada momento al comienzo del mundo. Carlos Ordoñez se entrega al trance del poema y palpa la huella ignorada de nuestros ancestros, reconoce los pasos olvidados que nos persiguen y  la jerga antigua que nos dicta. Discurre este libro de conjuros paralelamente a esta realidad y nos dice que dentro del presente conviven otros presentes-pasado, tiempos remotos que palpitan aún calladamente. El discurso de este poemario tiene las raíces fuertes, la certeza del mito que explica el mundo o que sabe dar cuenta de lo inaprensible. Verbo arcilla que moldea un espacio suprarreal tendente a lo escondido, a lo subrepticio; todo aquello que pensamos extinto o imposible nos habita y nos enseña, nos relaciona. El poeta es un viajero estático,  camina por la tierra sin moverse porque es el camino el que corre bajo sus pies, el camino es el cosmos que pone lo táctil en las manos y la oscuridad en los ojos. Solo los niños y los ciegos, rescatados de los más primitivos ritos, habrán de ver. La visión nocturna, la mirada distinta del insomne desentraña los presagios:

 

Fluye la noche. Fluye la muerte al compás de la hoz que siega la hierba.

Hay en estos versos una necesidad constante de vuelta al origen como único modo de redescubrirse, una llamada a los antepasados, dioses que nos crearon a su semejanza y dejaron en sus gestos jeroglíficos para que los descifráramos. La simiente aparece ante aquel  que excava con las manos desnudas, el trabajo incesante del condenado o del elegido por penetrar en los significados. La unidad de la experiencia sensible es analizada y codificada con signos humanos pero capaces de adentrarse en lo salvaje con la fragilidad del huérfano y con su valentía.  El atributo del poeta es la palabra, “la palabra remiendo”  que repara los huecos despoblados de memoria, que nombra lo innombrable para nuestro consuelo. La niebla es prolegómeno de la creación, la confusión blanquecina que anuncia el hallazgo. Se adivina un ciclo constante de transformación, el baile eterno de la materia que surge y se destruye y nace de nuevo. Igual se comporta la palabra, se diluye y se reencarna, se desentiende, se dilata, se disipa:

 

Tragar niebla, tinieblas, días arduos. Llamar luz al agua, fuego al frío y polvo de niebla a la palabra niebla.

 

Los poemas de Carlos Ordóñez tejen una música nunca oída, reproducen los sonidos de los primeros significantes. Las bestias, los elementos, la sed, polvo primigenio que reside en lo humano desde y donde siempre, junto al arado, bajo el paisaje, entre los nombres y las voces, allí resuena el eco de la naturaleza que nos define, el hambre de existir frente a lo efímero de nuestra existencia.  Las aguas de la infancia son libadas una y otra vez, invocadas como antídoto contra la muerte enquistada que nos acompaña:

 

Los poetas de siete años esquivan los presagios que dictan las palomas desde las ágoras de la muerte.

 

Quizá radique el disturbio en la batalla inacabada entre la búsqueda y la huida. La avidez de inmensidad nos corroe y teme nuestro espíritu rendirse a lo insignificante, a los humildes lodos que en verdad nos conforman. Carlos Ordóñez nos identifica: descendientes del primer trazo del pintor de cavernas, seres uncidos con gestos enterrados y minúsculos, indicios de un dios de las pequeñas cosas.

 

 

 

Giménez con G.

 

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