Amargord Ediciones

Y LO PEOR ES QUE SOBREVIVIMOS. ANTOLOGÍA PERSONAL. Selva Casal

selvacasal

Da la impresión de que Selva Casal nació con un antojo en forma de poema, la carga y el don de la elegida que todo lo ve porque todo lo mira. Sabe esta poeta de su oficio porque no puede evitarlo, porque responde a una necesidad de trasgredir esta realidad tan regulada, la voluntad de desorganizar la vida porque así es la vida, porque las líneas rectas no pertenecen a este mundo ni por asomo a otros mundos. Dice la poeta que la poesía es un sitio y un tiempo, que no solo transmite, expresa o codifica, sino que es creadora. Hija del ultraísta Julio Casal, así vivió en la poesía desde siempre y así es en consecuencia su discurso, una biografía orgánica, imaginaria, de palabras que resbalan, se entrelazan o dejan huecos, abismos de tiempo que se rellenan de otras horas, otros días, quizá aún por venir; una existencia en comunión con todo lo que fluye pero no en calma, se encabrita la palabra como un torrente recién nacido de la brusca montaña, siempre amniótico, siempre en transformación:

sucede que palpo seres

escudriño periódicos

me exalto con la brisa

entonces la vida es algo más

es una rara y oscura corriente

 

La poesía de Selva Casal se sustenta en el recuerdo o eso parece; así lo atestiguan fechas y otros números; sin embargo se guarda también en la memoria el lugar nunca pisado, el sueño recurrente y maldito, el eco de los desconocidos. Las referencias no son anclas sino hiedra desmedida que crece por dentro los muros; los hitos son cíclicos, momentos que fueron pero que quizá no signifiquen, marcas disueltas y resucitadas en el gran caldo cósmico que nos circunda. Es curiosa la presencia de la muerte en medio de la vida más fulgente, una muerte tan alta como la vida, se miran ambas cara a cara, ojo a ojo, se reconocen y se funden, no hay reproches entre ellas. Los muertos nos visitan porque no están muertos y los vivos están muertos porque el tiempo no importa: habitamos todos el mismo bosque oscuro que es destrucción y amor sin distinciones. ¿Pero quién es el hombre que se aparece en estos versos? El hombre es el sujeto agente o paciente, el que asesina y el que es muerto, el que se pregunta y el indolente: innumerables individuos conviven en la conciencia de la poeta que se ahoga a veces por la falta de espacio, que apenas es se convierte en otro yo y se cuestiona de nuevo; esta voz es esencialmente pensante, siempre en las escaleras del ser, conocedora de que los peldaños no llevan a ningún sitio, que igual suben y bajan y son pregunta en sí mismos. No hay descanso, no hay manera de dormir cuando se vela en un perpetuo sueño, cuando la noche se aparece de día en el momento más insospechado y la luz nos despierta como un ángel exterminador, como un cuchillo que rasga los cortinajes de la mente. No hay descanso, todos somos fantasmas:

 

ábranme las vísceras

me entrego toda rápido

sólo mi imaginación existe

ve más estoy comprometida con todos los hombres

vivos y muertos

con los que me aman

con los que me odian

con todos me desposé

a todos los asesiné.

 

Hay en los poemas de Selva una fe profunda en la unión de todo lo que existe, existió y existirá y un rechazo firme a las nomenclaturas, el papel sellado, a los señores formales, al poderoso teléfono adalid de la incomunicación. Hay una voz angustiada que clama desgarrada la falta de viento, que grita espantos de crueldad y violencia o que sabe susurrar el canto de savia única que recorre nuestros huesos; un alma volátil que tiene miedo a las paredes, que toma un cuerpo finito y lo despliega, que no asume la indiferencia aunque sepa que es gusano en nuestra carne. El antídoto contra el estupor es mirar; bastan unos ojos atentos para tener ganas de decir, incluso lo pequeño es digno de ser cantado y canta en estos poemas una loca perseguida por el asombro. Surgen a cada paso alucinaciones sin nombre, hallazgos que entroncan con los territorios de la infancia, periodo fértil e impune que la poeta revisita por propia necesidad, por supervivencia. Nuestros ancestros, nuestros amores y amantes forman parte de esta materia triste que nos engendra, la naturaleza del primer ser humano puja en nuestras entrañas, la primera madre se reencarna en todas la madres. Hay un llanto callado por los que ya no vemos y una celebración del rumor suyo que aún oímos:

 

yo tenía un sombrero con cerezas

un tío que se llamaba Juan

en el jardín enterraba los pájaros muertos

que siempre resucitaban eso era seguro

nada de esto volverá a ocurrir

no obstante eso respiro todavía

 

Selva Casal es criatura del viento y por eso no pide nada, como un árbol no pide o no pide el pájaro; en agradecimiento el cosmos salpica sus poemas de incertidumbres, de soles que se apagan y vuelven; el viejo y nuevo cosmos que, como le pasa a Selva, tanto gusta de la entropía. He aquí su indómita compilación.

 

Giménez con G.

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